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La segunda jornada del ciclo “Futuros y educación en Uruguay: bloqueos, investigación, imaginación” reunió aportes sobre los tiempos institucionales, la promesa educativa, las transformaciones de la Universidad y la necesidad de decidir qué conocimientos y formas de vida se busca preservar para las próximas generaciones.

El lunes 27 de julio se realizó, en la Sala de Conferencias del Espacio Colabora, la segunda y última jornada del ciclo “Futuros y educación en Uruguay: bloqueos, investigación, imaginación”. En esta oportunidad participaron: Carolina Cabrera Di Piramo, Antonio Romano, Gabriel Delacoste y Silvia Grinberg. La propuesta fue organizada por el Grupo de Estudio sobre los Futuros de la Educación, integrado desde el Prorrectorado de Enseñanza, el Programa Integral Metropolitano y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, con financiamiento del Espacio Interdisciplinario.

La moderación estuvo a cargo de Virginia Fachinetti, docente de la Unidad Académica del Prorrectorado de Enseñanza. En la apertura, Fachinetti retomó algunas de las ideas surgidas durante el primer encuentro: las diferentes experiencias del tiempo desde las cuales se piensa el porvenir, el futuro como un campo de sentidos en disputa y la importancia de lo colectivo para ampliar los horizontes de lo posible.

También recuperó varias tensiones que habían atravesado aquella conversación: individualismo y construcción colectiva, esperanza y fatalismo, tiempo reflexivo e instantaneidad. Estos ejes funcionaron como punto de partida para una nueva serie de intervenciones que volvieron a interrogar qué futuros se habilitan —o se bloquean— desde las instituciones educativas.

Los bloqueos como oportunidades para perderse

Carolina

La primera exposición estuvo a cargo de Carolina Cabrera Di Piramo, profesora adjunta de la Unidad Académica del Prorrectorado de Enseñanza. La profesora Cabrera organizó su intervención alrededor de los tres conceptos que dan nombre al ciclo: bloqueos, investigación e imaginación.

En relación con los bloqueos, propuso no comprenderlos únicamente como obstáculos, sino también como situaciones que pueden obligar a buscar nuevos caminos. A partir de la noción de “perderse” trabajada por la escritora Rebecca Solnit, reivindicó la posibilidad de vagar, ensayar y equivocarse, frente a unas instituciones educativas en las que los tiempos de la gestión, los protocolos y las exigencias de cumplimiento tienden a desplazar los tiempos de la reflexión y del aprendizaje.

Cabrera presentó además algunos avances de una investigación sobre las experiencias estudiantiles y las políticas universitarias en un mundo atravesado por la aceleración. Señaló que las instituciones suelen concebir el tiempo escolar como si fuera único, cuando en ellas conviven los tiempos de la enseñanza, el aprendizaje, la investigación, la extensión y la gestión, junto con los tiempos laborales, familiares y de cuidados que forman parte de la vida de estudiantes y docentes.

La metáfora de la “rueda del hámster” permitió describir instituciones que mantienen una actividad constante sin disponer necesariamente de momentos para revisar hacia dónde se dirigen. Frente a esa dinámica, Cabrera defendió la imaginación como una práctica colectiva y como una responsabilidad de la educación pública. “Todos los jóvenes tienen derecho a imaginar un futuro posible y las instituciones educativas tenemos la responsabilidad de habilitar ese pensamiento”.

Recuperar la promesa educativa

Antonio Romano

Antonio Romano, profesor agregado del Instituto de Educación de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, abordó las transformaciones que ha experimentado el vínculo entre educación y futuro. Su intervención partió de reconocer que, en la modernidad, ambos términos estuvieron estrechamente relacionados: la educación aparecía como un puente entre el presente y un porvenir caracterizado por el progreso, la emancipación y la transformación social.

En el escenario contemporáneo, sostuvo, tanto la idea de educación como la de futuro han sufrido mutaciones que obligan a revisar esa relación. Lejos de considerar la crisis exclusivamente como una pérdida, Romano la presentó también como una oportunidad para desarmar apariencias y prejuicios y volver a interrogar aquello que se encuentra en el centro de la experiencia educativa.

Su exposición recuperó aportes de Hannah Arendt, Paulo Freire y Marina Garcés para pensar la educación como una actividad vinculada con la palabra, la responsabilidad y la posibilidad de intervenir en el mundo. Leer, desde esta perspectiva, no consiste solamente en descifrar un código o interpretar un texto, sino en comprender las condiciones del presente para actuar sobre ellas junto con otras personas.

Romano propuso así recuperar la potencia de la promesa, aunque ya no entendida como garantía automática de ascenso social o desarrollo económico. La promesa educativa adquiere valor cuando articula palabra y acción, compromete a quien la enuncia y permite construir un tiempo compartido. En su cierre definió el acto educativo como “la transmisión de una promesa que puede hacer posible el surgimiento de lo nuevo y el compromiso colectivo que define un pasado compartido que se puede proyectar en un futuro en el que todos podemos tomar parte”.

Pensar la Universidad en un mundo en transformación

Gabriel

La tercera intervención correspondió a Gabriel Delacoste, politólogo, periodista, estudiante de la Maestría en Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias e integrante del equipo de coordinación de la Fundación El Puente. Delacoste centró su exposición en la Universidad de la República y en la necesidad de revisar su organización, sus disciplinas y su relación con el entorno.

Como marco general, identificó cuatro tendencias que condicionan cualquier reflexión sobre el futuro: la crisis de las instituciones liberales, el desplazamiento geopolítico asociado al ascenso de Asia, las revoluciones tecnológicas —con especial protagonismo de la inteligencia artificial, pero no exclusivamente— y la crisis ambiental global. Aunque no sea posible anticipar exactamente cómo interactuarán, planteó que la Universidad necesita construir hipótesis y escenarios para decidir qué formación, qué investigación y qué capacidades será necesario desarrollar.

Delacoste señaló que la Udelar ya no actúa en el escenario de monopolio de la educación universitaria que caracterizó buena parte de su historia. Actualmente convive con otras universidades públicas y privadas, propuestas internacionales en línea y múltiples circuitos de producción y circulación del conocimiento. Este nuevo escenario exige pensar de manera estratégica cómo se posiciona una universidad pública en un campo global, competitivo y crecientemente atravesado por plataformas digitales.

También analizó los cambios en las hegemonías disciplinares. Si en diferentes momentos históricos predominaron las profesiones liberales y, posteriormente, los enfoques provenientes de la economía y la ingeniería, la crisis ambiental obliga a escuchar con mayor atención a campos como la ecología, las geociencias, el diseño y la historia. La inteligencia artificial, agregó, podría facilitar diálogos entre disciplinas, siempre que sea utilizada para ampliar la capacidad de comprensión y no para sustituirla.

Finalmente, caracterizó la Universidad como una institución en la que conviven distintas “capas”: una universidad clásica, organizada alrededor de las cátedras; una universidad democrática, definida por el cogobierno; una universidad desarrollista, orientada a intervenir en los problemas nacionales; y una universidad neoliberal, marcada por la competencia, la precarización y la multiplicación de mecanismos de control y evaluación.

Para Delacoste, imaginar una transformación universitaria requiere ir más allá de la sucesión de proyectos y de la inclusión formal de los asuntos en los órdenes del día. La reflexión estratégica necesita espacios amplios, sostenidos y, en ocasiones, más informales, capaces de producir pensamiento antes de trasladarlo a los ámbitos institucionales de decisión.

Desestabilizar el futuro y decidir qué preservar

grinberg

El cierre de las exposiciones estuvo a cargo de Silvia Grinberg, profesora y especialista en sociología de la educación y pedagogía de la Universidad Nacional de San Martín, investigadora principal del CONICET y directora del Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas —LICH, CONICET-UNSAM—.

Grinberg problematizó la creciente presencia del futuro en los discursos contemporáneos. Retomando los estudios sobre el capitalismo de vigilancia y la gubernamentalidad algorítmica, señaló que las plataformas digitales no se limitan a registrar lo que las personas hacen, sino que utilizan esos datos para anticipar, orientar y modificar sus comportamientos. De esta manera, el futuro corre el riesgo de convertirse en un territorio administrado de antemano, mientras la intimidad y el deseo se vuelven objetos de intervención.

Frente a la idea extendida de que las nuevas generaciones no valoran la educación o carecen de expectativas, presentó resultados de investigaciones realizadas con estudiantes de educación secundaria del área metropolitana de Buenos Aires. Estos trabajos muestran que, incluso en contextos de pobreza, persiste una valoración significativa de la escuela y de sus posibilidades para acceder a estudios, mejorar las condiciones de vida y formarse como personas.

Grinberg compartió asimismo experiencias desarrolladas por el LICH para construir un “léxico crítico de futuro” y proyectos en los que estudiantes de enseñanza media crearon palabras e imágenes para expresar sus preocupaciones. En esas producciones aparecieron el trabajo precario, la inteligencia artificial, la crisis ambiental, los comedores comunitarios, el amparo, el espacio público y las formas de vida compartidas. Más que describir un futuro lejano, las propuestas permitieron volver a mirar el presente y reconocer en él otras posibilidades.

Su reflexión final desplazó la pregunta acerca del mundo para el cual se educa hacia otra interrogante: qué mundo, qué saberes y qué herencias se entregarán a las generaciones siguientes. Preservar, aclaró, no implica inmovilizar el pasado, sino cuidar aquello que podrá ser recibido, criticado, transformado y vuelto a crear.

En ese marco, advirtió que la existencia de tecnologías capaces de correr, bailar, escribir o producir imágenes no vuelve innecesarias esas actividades para las personas. La cuestión educativa central no es solamente qué podrán hacer las máquinas, sino “qué vamos a querer seguir sabiendo” .

Una conversación que permanece abierta

El intercambio posterior retomó las transformaciones de la Universidad pública, la precarización del trabajo académico, los vínculos entre masificación y burocratización, el papel de la inteligencia artificial y las dificultades para definir qué conocimientos resultan socialmente relevantes.

Las intervenciones también advirtieron sobre la creciente subordinación de la investigación a criterios de rentabilidad y retorno económico, así como sobre el avance de modelos de educación superior organizados mediante plataformas y lógicas empresariales. Frente a esas tendencias, la conversación volvió a destacar la necesidad de preservar espacios de libertad académica, deliberación colectiva y producción de conocimiento que no estén limitados por su utilidad inmediata.

Con esta segunda jornada culminó un ciclo que buscó reunir disciplinas, generaciones y perspectivas diferentes para discutir los futuros posibles de la enseñanza media y superior. Los registros audiovisuales de ambos encuentros quedarán disponibles durante los próximos días en el canal de YouTube del Prorrectorado de Enseñanza.-

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